El muralismo es, sin duda, una de las contribuciones más potentes y distintivas de América Latina al arte mundial. Más que una técnica o un estilo, es un fenómeno social y político, un arte público que transformó los muros en páginas abiertas de historia, crítica y esperanza para las masas. Su epicentro fue México, pero sus ondas se expandieron por todo el continente.
El movimiento nació en la década de 1920, impulsado por la Revolución Mexicana y un gobierno posrevolucionario que buscaba consolidar una identidad nacional y educar a una población mayoritariamente analfabeta. Bajo el lema de "un arte para el pueblo", los Tres Grandes – Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco – elevaron el mural a la categoría de arte monumental nacional.
Cada uno con un lenguaje único: Rivera, con su narrativa épica y detallista, glorificaba el mundo prehispánico y el trabajo del campesino; Orozco, con un expresionismo feroz, plasmaba la tragedia humana y la crítica a la corrupción; Siqueiros, el más experimental técnicamente, utilizaba perspectivas dinámicas y nuevos materiales para transmitir un mensaje de lucha y futuro. Sus obras en edificios públicos como la Secretaría de Educación Pública o el Palacio Nacional son testamentos de una nación en reconstrucción.
La influencia del muralismo mexicano cruzó fronteras. En países como Ecuador, la Escuela Indigenista de Quito, con Oswaldo Guayasamín a la cabeza, utilizó el mural para denunciar la opresión de los pueblos originarios. En Perú, José Sabogal y la Escuela Cuzqueña revalorizaron lo autóctono. En Brasil, Cándido Portinari pintó gigantescos murales que reflejaban la dureza de la vida en los cañaverales.
Sin embargo, el muralismo no se congeló en los años 40. Encontró un nuevo y vigoroso aliento en el siglo XX con el surgimiento de los murales como herramienta de resistencia y memoria. Tras los regímenes dictatoriales de los 70 y 80 en el Cono Sur, los muros se llenaron de denuncias. El caso más emblemático es el de Brigada Ramona Parra en Chile, durante el gobierno de Salvador Allende, y luego durante la dictadura, donde el mural callejero se volvió un acto de valentía y protesta.
Hoy, el muralismo vive una edad de oro diversa. Desde el poderoso arte urbano y el grafiti político en ciudades como Bogotá, São Paulo o Ciudad de México, donde artistas contemporáneos abordan temas de justicia social, feminismo y derechos humanos, hasta proyectos comunitarios que buscan embellecer y dar voz a barrios marginados. El muro sigue siendo un espacio democrático, un altavoz pictórico que prueba que en América Latina, el arte no solo se contempla: se vive, se discute y, a veces, se lucha desde la pared hacia la calle. Es el lienzo de la conciencia colectiva.
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