El arte boliviano se configura como un complejo tejido donde convergen la herencia precolombina, la imposición colonial y las búsquedas contemporáneas de identidad. La cultura Tiahuanaco dejó la Puerta del Sol y las chullpas como testimonios de una estética geométrica rigurosa. En el siglo XX, Arturo Borda (1883-1953) fue el primer pintor boliviano en tomar en serio la realidad indígena, retratando escenas rituales andinas en obras como El yatiri (1919). El Museo de Arte Indígena ASUR en Sucre desafía la distinción entre arte y artesanía al exhibir textiles Tarabuco y Jalq'a como obras de arte. La UNESCO ha reconocido ocho expresiones bolivianas como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, entre ellas el Carnaval de Oruro, la Fiesta de Gran Poder y la Fiesta de Alasitas, donde los paceños compran miniaturas que representan sus sueños. El arte boliviano es, en esencia, una afirmación de identidad desde los márgenes.