El arte urbano, a menudo manifestado a través del grafiti y los murales a gran escala, ha dejado de ser visto como un mero acto de rebelión y se ha convertido en un pilar fundamental de la cultura visual moderna. Transforma espacios públicos previamente desatendidos en galerías al aire libre, promoviendo un diálogo directo entre el artista y el ciudadano.
Más allá de su valor estético, esta forma de expresión sirve como una poderosa herramienta de crítica social y política, dando voz a las comunidades y revitalizando los centros urbanos. Al democratizar el acceso al arte, el movimiento muralista contemporáneo contribuye a construir una identidad colectiva y a fortalecer el sentido de pertenencia de los habitantes en relación con su propio entorno geográfico y social.
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