Uno de los principales debates suscitados por la inteligencia artificial en el mundo del arte gira en torno a una pregunta aparentemente sencilla: ¿quién es el autor de una obra creada con IA?
Cuando un artista redacta una instrucción (*prompt*) para una herramienta generativa y recibe una imagen terminada, el proceso creativo parece dividirse entre distintos agentes. Por un lado, está el artista, que concibió la idea y formuló las instrucciones; por otro, el sistema, que interpreta dicha información y genera un resultado basándose en sus modelos y datos.
Esta situación desafía el concepto tradicional de autoría. Durante siglos, el artista estuvo vinculado directamente al acto de creación: pintar, dibujar, esculpir o fotografiar. Con la IA generativa, sin embargo, parte de la ejecución puede ser realizada por una máquina. Investigaciones recientes apuntan a un cambio en la autoría, desplazándose del mero acto de «hacer» hacia actividades como la selección, la curaduría, el diseño del proceso y la toma de decisiones.
Esto no significa que cualquier imagen producida por inteligencia artificial sea automáticamente una obra de arte. El contexto, la intención y las decisiones que intervienen en el proceso siguen siendo fundamentales para su interpretación.
La cuestión trasciende la estética y se adentra en el ámbito de los derechos de autor. ¿A quién debe reconocerse cuando una obra depende simultáneamente de un sistema tecnológico, de los datos utilizados para el entrenamiento y de las decisiones de un artista?
Tal vez el arte generado por IA nos esté impulsando a alejarnos de una definición rígida de autoría. En lugar de preguntarnos simplemente «¿Quién creó esta imagen?», podríamos empezar a cuestionarnos: «¿Quién concibió, dirigió, seleccionó y dio sentido a este proceso?».
En este sentido, la inteligencia artificial hace más que producir nuevas imágenes; está impulsando una profunda transformación en las definiciones mismas de artista, creación y autoría.
Latamarte